¿Por qué trabajamos? - Jean Fourastié
Algunas personas tienen la idea de que la edad de oro de la humanidad estaba en el pasado, de que ¡todo tiempo pasado fue mejor! En el paraíso terrenal todo le era dado gratuitamente al hombre, que no necesitaba trabajar para conseguir sus medios de subsistencia. Para ellos, todo, por el contrario, es amargo y ruin en nuestra época. Esta creencia se ha mantenido viva en el corazón del hombre medio. Se oye permanentemente hablar de la virtud de los productos “naturales”, y muchos franceses creen que la vida de antaño era mucho más “sana” que la de nuestra época.
En realidad, todos los progresos actuales en el campo de la historia y la prehistoria confirman que la naturaleza pura es una severa madrastra para la humanidad. La leche “natural” de las vacas “naturales” produce tuberculosis, y la vida “sana” de otros tiempos hacía que uno de cada tres niños muriera antes de cumplir su primer año de vida. En las clases pobres de Francia, todavía en los años 1800, uno solo, de los dos que quedaban, lograba vivir más allá de los veinticinco años de edad.
A una humanidad sin trabajo y sin técnica el globo terrestre no le ofrece más que una vida limitada y vegetativa: algunos cientos de millones de personas subsisten de manera animal en ciertas regiones subtropicales.
Todas las cosas que consumimos son creaciones del trabajo humano; lo dicho vale aún para aquellas que, en general, consideramos como las más “naturales”, tales como el trigo, las papas o las frutas. El trigo fue creado mediante una lenta selección de determinadas gramíneas; tan poco “natural” es, que si lo dejamos sin cuidado librado a la competencia con las verdaderas plantas naturales se vería de inmediato vencido y expulsado. Si la humanidad desapareciera de la superficie de la tierra, el trigo desaparecería menos de 25 años después que ella, y lo mismo ocurriría con todas las plantas “cultiva-das”, los árboles frutales y los animales destinados al consumo. Todas estas creaciones del hombre subsisten solo porque las defendemos de la naturaleza. Son valiosas para el hombre, y es el hombre quien les otorga su valor.
Con mayor razón, los objetos manufacturados, desde los textiles hasta el papel y desde los relojes hasta las computadoras, son productos artificiales, creados exclusivamente por el trabajo del hombre. ¿No es el hombre un extraño ser viviente, cuyas necesidades están en total desacuerdo con el planeta en que vive? Si hemos de comprenderlo bien, es preciso empezar por comparar al hombre con los animales, aún con los más evolucionados dentro de la jerarquía biológica. Un mamífero, sea caballo, perro o gato puede satisfacerse completamente con los productos naturales: para un gato que tiene hambre no hay nada mejor que un ratón; para un perro nada mejor que un conejo, para un caballo nada mejor que el pasto. Y, una vez satisfecha su necesidad de alimento, ninguno de ellos tratará de procurarse un vestido, un reloj, una pipa o una radio. Sólo el hombre tiene necesidades no naturales.
Y estas necesidades son inmensas. Imaginemos los que debería ser el globo terrestre si el hombre hubiera de encontrar en él, por generación natural, todas las clases de productos que desea consumir: no solo sería necesario que el trigo, los duraznos y las vacas gordas crecieran sin cuidados, sino también que las casas con calefacción central brotaran del piso y se reprodujeran como las plantas y que de los árboles, en cada primavera, florecieran receptores de televisión con conexión satelital...
EL OXÍGENO DEL AIRE, ÚNICO PRODUCTO NATURAL QUE SE OBTIENE SIN TRABAJO
A decir verdad, nuestra planeta está muy poco adaptado a nuestras aspiraciones, a nuestras faculta-des de acción y a nuestros requerimientos. Una solo de nuestras necesidades esenciales se ve satisfecha con liberalidad: la respiración. El oxígeno es el único producto natural que satisface completa y perfectamente una necesidad del hombre en condiciones normales. Por lo tanto, para que la humanidad pudiera subsistir sin trabajar, sería indispensable que la naturaleza le diera al hombre, así como le da el oxígeno, todo aquello respecto de lo cual experimenta una exigencia. (Vale aún para el caso del agua, ya que es forzoso extraerla, utilizar una bomba y muchas veces filtrarla).
¿Por qué trabajamos? - Jean Fourastié
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